
Fue la habitación bailando en círculos lo primero que miró al despertarse. El librero que le hizo su padre con madera vieja perdió su figura cuadrada para perecer ante el movimiento, disolviendo el espacio en volutas; las páginas de los libros fluctúan. No pudo mantenerse en pie: todo giraba, tomaba una posición diferente a la indicada. La pantalla del reloj se difuminaba con el rayo nimio de luz que ingresaba por la ventana desde el jardín.
¿Cuántos días llevaba en ese cuarto? ¿Hace cuánto no lo visitaba Proust con sus interminables tomos del tiempo perdido? Ya ni recordaba en qué parte quedó la última vez que abrió el libro que reposaba en la mesa de noche, cubierto de un polvo negro, como la camiseta blanca que no supo ponerse el domingo. Sintió la obligación de regresar a la cama para no pasar vergüenzas cayéndose en los andenes o chocando con los ancianos que salen a caminar con sus parejas mientras llevan el pan integral en las manos.
La única que ingresaba era su madre, con un té de menta que le sabía un remedio y con una pastilla que, al pasar los días, parecía crecer al punto de tener que beber casi un litro de agua para, por lo menos, hacerla llegar al sistema digestivo.
Treinta pastillas por semana. Un sonámbulo consciente, una pesadilla mañanera, un dolor insoportable en las rodillas y un frío que le congelaba el alma bajo unas cobijas que doblaba en tres para poder abrigarse. La tarea de calentarse resultaba casi siempre fallida: si una sola uña quedaba por fuera, se convertía en el vehículo que transportaba lo gelido hasta el corazón, perpetuando el sufrimiento aun en ese enclaustramiento.
«Un encierro momentáneo», recomendó el joven médico que atendía a centenares de pacientes al día y que, por lo mismo, terminaba repitiendo la misma fórmula al finalizar la jornada, una copia de la copia de la copia: «Descansá, hacé ejercicio y dormí bien». El papel con los alimentos que podía ingerir —un papel reciclado, café— era una cartografía de la deficiencia humana que lo perjudicaba cada tres meses.
Se sentó frente al computador a tratar, tratar de redactar alguna cefalea convertida en poesía, una diatriba contra el sistema de salud del país o un monólogo sobre el asesinato del tiempo entre esas miserables cuatro paredes que le bamboleaban inexistencias revueltas. Tratar. Todo quedó en un intento. No los desechaba, pero el texto quedaba excluido porque sentía perder la lucidez; Sentí estar muriendo progresivamente. Nada, ni un puñado de letras que representan su malestar genuino o alimentan el ego de un escritor que nunca se sintió escritor, de un poeta que nunca escribió un poema.
Más bien era una carga para aquella señora que se desvelaba en paralelo, que amanecía de igual forma con dos bolsas negras en los ojos y trataba de sonreír cada mañana con el vaso de porcelana exhalando el vapor del agua hervida y las galletas de soda sin sabor. Nada tenía sabor cuando lo agarraba la náusea; solo se imaginaba las salsas mórbidas, las hamburguesas de la calle que comía sin misericordia las noches después de la facultad, las papas que estilaban aceite viejo, ese mismo que servía como un condimento exquisito, brindándole el sabor que ahora solo hacía parte de un mundo onírico inalcanzable.
Se le movía el piso. Era el único movimiento en ese mundo hermético que conformaba con la soledad y la enfermedad. Afuera los carros, las motocicletas, los grupos de ciclistas andando con sus carotas sonrientes o de sufrimiento. Pero andando. Andar. ¿Hace cuánto no andaba? ¿Hace cuánto no caminaba? ¿Hace cuánto no sufriría por el cansancio de subirse a una bicicleta y no resistir una larga pendiente? ¿Cuándo dejará de girarle la vida? ¿Cuándo se ausentará la náusea?
Autor
Santiago López
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