Monólogo

Una mañana desperté con la intención de comprar la Correspondencia de Andrés Caicedo. Siempre la miro en la estantería de autores colombianos, escoltada por otros títulos del mismo autor: ¡Que viva la música! , Angelitos empantanados , El atravesado . Leo al caleño cuando se me van las esperanzas; de cierta forma, la cercanía de edad me sitúa frente a un escritor que siento hablándome al oído. Su tartamudez, su elocuencia escrita — ajena a su conversación con los otros — , su amor incontrolable por el cine y su vida en caída libre desde la infancia a causa de una lucidez precoz son, sin duda, características magnéticas.
No deja de ser un artista privilegiado, un burgués; pero supo reconocer su posición y autoanalizar su clase para no ser un replicante de lo que observaba. El cine, oficio que requiere un compromiso total, exige relaciones con equipos humanos amplios. Ese era el arte que él más admiraba, aunque no lograra realizarlo del todo. Y es que el solitario que escribe no siempre puede convivir con la creación en multitud: el escritor en soledad es un dios que añade capas a su universo, lo transforma, lo pinta, lo embarra y lo maneja a su disposición; es la deidad absoluta de su historia. En la cinematografía, en cambio, se ejerce un papel de director cuyo resultado depende del engranaje de departamentos: sonoros, lumínicos, actorales, artísticos… Debes hacerte entender, lograr que los demás se sientan lo mismo para que la nave llegue a buen puerto.

Alguna vez, reunidos Carlos Fuentes y García Márquez, el primero le preguntó al segundo: «¿Qué hacer: escribir nuestra obra o salvar el cine nacional?». Ya conocemos la respuesta. La relación entre los caminos literarios y audiovisuales es un arma de doble filo; se puede caer en un limbo artístico, a medio punto entre ambos, estancado y quieto. Y la quietud es lo peor que le puede pasar al ser humano. Es una sinergia de pasiones que no tendría por qué ser un martirio, pero lo es. Ser cineasta, hacer películas; ser escritor, publicar libros: esa es la cuestión. Lo realmente trágico yacería en no ser , y esa es la pesadumbre que me carcome día tras día. El miedo a ser solo un divulgador cultural, a quedarme en «recomendar arte» por la cobardía de no crear el propio. Cuando murió Andrés Caicedo, los diarios titularon: «Murió crítico de cine». ¿A eso se reduce su obra? No lo creo.
En toda la tarde, el sistema eléctrico de mi vereda ha estado fallando. Se oscureció en uno de esos cortes momentáneos y presumo que la luz no regresará hasta mañana. Mi máquina de escribir (mi PC) tiene poca batería; Que logre terminar esta cuartilla sería un milagro. Escucho el motor de una planta eléctrica a metros de casa y la música de uno de los bailaderos que encienden su rumba cada sábado. Escribo sobre escritores, sobre libros y películas, pero temo que nada resulta, que nada tenga valor suficiente para ser publicado o expuesto en un concurso, por la simple razón de no encontrar un sentido narrativo claro.
Autor
Santiago López
Respuestas a «Enrúmbate y después derrúmbate»
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Genial texto
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Andrecito el mejor 🔥
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