Reflexión luego de leer Pensamiento Vivo, un libro que revive la importancia literaria del nadaísta mayor: Gonzalo Arango

Estuve tratando de recordar cómo llegué a Gonzalo Arango. Y puede ser por esta ilación de autores que van soltando el lazo hacia un camino literario mucho más amplio; pero esto lo expliqué en otra reseña y no quiero caer en el reciclaje de términos y fragmentos que solo sirven de relleno. Gonzalo Arango, el nadaísta, el irreverente, el contradictorio, el falso, el verdadero. La definición hecha persona de lo que no se puede encasillar. Podríamos separarlo por las distintas facetas, por esos caminos que tomó a lo largo de su vida atropellada, de sus deseos por llevar la contraria, ya a partir de esa duda implantada en su generación, comenzando un proceso creativo; o pararnos a mirar desde la perspectiva del ser individual, agotado de sus luchas en conjunto, cuyo único fin es la trascendencia, el preciado anonimato luego de ser el rostro de un movimiento rebelde.
Hace poco más de un año me leí un libro suyo, una antología de cuentos. Recuerdo escribir: “puedo seguir leyendo a Gonzalo Arango hasta morirme”. No sé si pienses lo mismo en la actualidad. En la época que dije tremenda adulación a la obra del antioqueño, salía de un terrible bloqueo de lectura y escritura. Y Gonzalo es de esos autores que te devuelven la confianza, que ante sus historias y pensamientos sientes la necesidad de suspender el libro y coger un bolígrafo o una computadora y empezar a teclear, porque de seguro algo saldrá; Ese algo no se puede asegurar de bueno o malo, pero sale algo, algo que estuvo ausente por semanas, prolongando una sequía, una ansiedad como la del yonqui sin su dosis diaria. El principio es tenebroso, las primeras líneas no salen fácilmente, descubres la imposibilidad y el cuerpo siente un hormigueo representativo del fracaso que irrumpe todas las acciones siguientes que se deben realizar. El asistir a la universidad, el trabajar para sobrevivir, todo pierde el sentido si lo que te quita el absurdo de la vida está en otra parte, está irremediablemente en zonas a las que no alcanzas a llegar, de las que no sientes ni siquiera un hálito de esa brisa inspiradora, de esas musas lejanas.

Leyendo a Gonzalo, se tiene la noción de simplificar la sintaxis, lo narrado, de volver callejero el relato, de apropiarlo a nuestro contexto, de poner en escrito ese barrio que pisamos, esas desilusiones amorosas que nos dan una patada en el corazón, esa amistad rota o enaltecida por el tiempo, presente en sus ausencias; un grito que nos calla y nos hace temblar frente a la página en blanco, frente a ese pedazo de papel al que se le instaura vida con cada rayón, con cada serpenteante letra hecha y moldeada para comunicar.

El nacido en los Andes, “pueblo que se hizo famoso por su nacimiento”, fue un pararrayos, transformó en prosa poética esas incógnitas sobre la vida, sobre Dios, sobre la muerte. Se sentaba en la máquina de escribir y formó un ejército de homónimos que disparan palabras en una guerra que él se inventó, como se inventan todas las guerras en el mundo, buscando enemigos que al final terminas encontrando. Las guerras dejan víctimas y victimarios, unos quedan malheridos y otros con secuelas difíciles de remediar. Abandonados, errantes, sin un lugar fijo, como Darío Lemos, por ejemplo.
Seguiré leyendo a Susan Sontag, un ensayo Sobre la fotografía . Ya llevo la mitad y he sacado varias ideas que se pasan de siglo para ser más vigentes que nunca, en esta avalancha de información, de necesidad de cosas, de objetos. El nadaísta sería el más reacio a esta época de compras por internet, de poesía barata publicada en redes sociales, de sobre productividad del ser humano en sus oficinas, del encarcelamiento del alma y la pseudo liberación del cuerpo que ofrecen las publicidades que nos lanzan cada dos segundos en estas pantallas que son una extensión de nosotros mismos.
Autor
Santiago López
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