Juan Manuel Roca: «Me interesa escribir para sentir que no me he traicionado»

Escrito por: Santiago López
Una tarde de un mes cualquiera, reposando en una silla, escucho un poema de Darío Lemos narrado por una voz anónima que gusta de la lectura en voz alta: «Todo el mundo cree que dice una gran verdad cuando declara que existe. Yo digo, para contrariar la verdad, que yo no existo». Por ese entonces me encontraba discutiendo sobre los poetas nadaístas, adentrándome en las profundidades del movimiento, en sus escritores panfletarios y sus publicistas anárquicos. Toda una orilla ajena, anacrónica.
Los años sesenta, turbulentos y revolucionarios, fueron el combustible para poetas que decidieron bajar del Olimpo. Por ello, desde hace tiempo resolví leer a los viejos, bajo la excusa de que los nuevos habitan cavernas donde ni los encuentro ni los busco. Y los que asoman la nariz, rara vez son bienvenidos.
Existe una fotografía donde divisamos a un Darío Lemos pulcro, posando junto a otros jóvenes. Entre ellos está Juan Manuel Roca, un poeta que ha transitado su vida entre las calles parisinas y las montañas del Eje Cafetero. Dialogando con conocedores y otros tantos «enfermos de poesía», les hablé de él. Al unísono respondían: «De los que quedan, el mejor».

Darío Lemos, Eduardo Zalamea, Eduardo Escobar, Juan Manuel Roca y Jotamario Arbeláez frente al Planetario en Bogotá, 1972. Foto © Rogelio Daraviña.
Roca es de los pocos sobrevivientes de su generación; de los que ahora reciben homenajes y distinciones, tal como sucedió este 23 de abril en Popayán. Llegó a la «Ciudad Blanca» vistiendo un gabán de lana marrón, camisa de botones, pantalones de tela, una bufanda que cuelga sobre su regazo (pese al calor asfixiante de la ciudad) y un bolso de mensajero. Carga consigo las últimas ediciones de País secreto, su libro de poesía, y unos folletos modestos que le obsequiaron en Calarcá, los cuales reparte a quien le saluda en señal de agradecimiento.
Su figura es imponente, sumada a la descripción previa que me han dado de él. No obstante, me introduzco en el hotel donde se hospeda, le solicito un poco de su tiempo y le planteo las preguntas que preparé desde que se difundió la noticia de su visita. Pongo en marcha la estrategia, pero quien inicia el interrogatorio es él:
—¿Y esto qué es?
—Maestro, somos parte de un medio cultural, queremos hacerle unas preguntas.
—¿Cómo se llama el medio?
—Mala Hora.
—Pues llegaron a buena hora, entonces.
Caminamos hasta una pequeña mesa en el primer piso. Pongo a correr la grabadora y empiezo la pesquisa sobre cómo un poeta observa la literatura actual.

—Maestro, ¿cómo siente usted la poesía actual? ¿Qué papel cree que juega en pleno 2026?
—Yo diría que la poesía actual, como la de todos los tiempos, es fundamental en la andadura del ser humano. Es el epicentro de todas las artes. Un arte que no contempla una poética es difícilmente arte. Hay poetas líricos desde la plástica, poetas desarrollados dentro de la filosofía y, por supuesto, poetas avezados dentro del verso. Incluso el cine requiere necesariamente de una poética: una palabra bien habitada que no se use como simple comercio de ideas, sino como un intercambio de pensamientos que unifican una cultura. Si miro por el espejo retrovisor el camino de las artes, me doy cuenta de que los momentos que más me quedan son precisamente los de la poesía. En Hispanoamérica, hay hitos poéticos que han construido un mapa de nuestra sensibilidad; la poesía no es solo escritura, es una forma de pensar.
—A veces me acerco a poetas contemporáneos y no encuentro esa «magia» de los autores de antes. ¿Cree que los jóvenes estamos leyendo mal o es que la imagen poética se ha vuelto escasa?
—La magia siempre ha sido un bien escaso. Lo que sucede es que, cuando miramos al pasado, sumamos muchos siglos y tenemos más de donde elegir. En nuestra lengua, la gran poesía está más hecha en América Latina que en España, la «madre de la lengua». Colombia ha tenido momentos muy altos. Si una república produce quince buenos poetas en su historia, eso no es poco: es una legión. La abundancia no garantiza vitalidad poética; puede haber mil personas escribiendo versos, pero se salvarán dos. Hoy hay un auge aparente de la poesía, pero todavía está por verse quiénes van a quedar —me incluyo en esa incertidumbre—. El tiempo es el único antologista riguroso.
—De esos nombres que usted intuye que quedarán en la historia, ¿cuáles son sus imprescindibles?
—La Madre Josefa del Castillo es una figura que casi nadie lee hoy y me parece fundamental. De la generación de «Los Nuevos» queda un innovador gigante: Luis Vidales, autor de Suenan timbres. Pero si me ponen a elegir un solo poeta colombiano, me quedaría con Aurelio Arturo. También rescataría a José Asunción Silva, especialmente en sus Gotas amargas, donde rompe la solemnidad con una veta irónica de la que carecemos mucho. Ese ingrediente del humor es escaso en nuestra lírica, que suele ser muy retórica. Por eso respeto a Luis Carlos «El Tuerto» López, que hizo un modernismo al revés para burlarse de la cotidianidad. No puedo olvidar a Fernando Charry Lara, un poeta de la imagen extraordinario; a Rogelio Echavarría, o al maravilloso Héctor Rojas Herazo. Y, por supuesto, voces posteriores como Álvaro Mutis o Jaime Jaramillo Escobar, que firmaba con ese seudónimo de placa de avioneta: X-504. Y tengo la fortuna de decir que en Popayán vive un lírico muy importante: Giovanni Quessep.
—Mencionaba a los nadaístas. Aquí en Popayán hay un grupo de jóvenes que disfrutamos leyéndolos. ¿Qué opinión le merece ese movimiento?
—Me gusta Jaime Jaramillo Escobar; Los poemas de la ofensa es un libro importante en cualquier país de habla hispana. Me gusta también una buena zona de Darío Lemos, que suele olvidarse, y algo de J. Mario Arbeláez. Pero en general, el nadaísmo no me interesa mucho. Carecen de ideas hondas; la mayoría fueron publicistas y su obra está muy ligada al efecto, al golpe de opinión publicitario.
—En Popayán tenemos la figura de Guillermo Valencia como un peso que debemos cargar. ¿Qué piensa de su poesía?
—A mí no me interesa. No quiero prolongarme mucho para no «mentar la soga en casa del ahorcado».
—Usted dirigió el Magazín Dominicalde El Espectador. ¿Qué consejo le daría a medios jóvenes como Mala Hora, que intentamos revivir el periodismo cultural en medio de la inmediatez de las redes?
—Primero, que están en una carrera valiosa y difícil. Es pedregosa porque los medios hoy están cerrados a todo lo que tenga un rigor ético y estético. Lo que hacen es muy necesario para airear los vientos secos de nuestra cultura. La función de una revista cultural se ve con los años, en perspectiva. Es vital conservar ese reducto, aunque no sea masivo, aunque sea mirado desdeñosamente. Que se use lo digital para amoldarse a la situación contemporánea me parece plausible y me alegra mucho.
—Usted es un autodidacta confeso. ¿Qué aprendió en la «universidad de la calle» que no esté en los libros?
—Aprendí que el rigor «academizante» no siempre es lo mejor. No hay que despreciar la academia, pero los poetas de gabinete están mandados a recoger. El que no está en contacto con el otro no logra nada. Sigo creyendo en la idea de Rimbaud: «Yo es otro». Si uno no logra concitar a los demás a través de la palabra propia, eso no es literatura, es onanismo literario.
A la media hora de habernos sentado, se llevan a Juan Manuel a visitar a Giovanni Quessep.
—Quedamos a medias, maestro.
—Vuelvan mañana —responde.
24 de abril
Nos encontramos de nuevo. Viste la misma indumentaria café terroso. «Es un poeta», pienso. No le importa repetir ropaje. Me dice que viene de desayunar con Felipe García Quintero.
—Maestro, hay un fragmento de Felipe García que dice: «escribo para dejar de escribir». ¿Usted por qué escribe?
—Esa es una de las preguntas más complicadas porque los móviles son múltiples. Uno de ellos es que el transcurrir del tiempo es diferente en la escritura que en la vida cotidiana; hay que disponerse para no falsear ese momento. La poesía no funciona por decreto ni por normas impositivas de horario, como ocurre con la narrativa. Soy elástico en ese sentido: escribo por una atmósfera, una idea, un espacio habitado o el impacto de las artes. Casi nunca es algo racional o articulado; me ocurre porque me asalta la poesía a mí, y no yo a ella. Algo me conmueve y necesito desentrañarlo a través de la creación de una poética.
—¿Y cómo es su proceso de edición? ¿Es de los que tachan y cortan mucho?
—Hay de todo. Algunos poemas nacen redondos para mi manera de entender. Otros nacen de la supresión. Tengo poemas de tres líneas, epigramas que originalmente ocupaban tres páginas, pero al releerlos descubro que el corazón del poema estaba solo en esas tres líneas y suprimo todo lo demás. La esencia es lo que importa. La poesía son pocos peldaños, pero deben sonar como deben sonar.
—¿Qué papel juega la experiencia en su obra? Tenemos el caso de Emily Dickinson, que escribió encerrada, frente a un Rimbaud que a los dieciséis años ya era un genio.
—Son la cara y el sello de la moneda. Yo me quedo con la cara de Rimbaud. Lo de Dickinson es una poesía más coloquial que, francamente, no me interesa tanto. Rimbaud sigue siendo el gran ejemplo del poeta que fusiona la creación, el pensar y lo lírico. En mi caso, la experiencia es fundamental; uno va recibiendo un cúmulo de percepciones que crean, más que un estilo, un carácter. Busco el ascetismo del lenguaje: encontrar la palabra justa en el pajar del idioma.
—Muchos autores rechazan el humor en la literatura. ¿A usted qué le parece?
—Les tengo pesar. Generalmente esos son poetas que se solemnizan y piensan que lo cotidiano o lo irónico no tiene lugar en el arte. Los grandes creadores son también ironistas y editores de epigramas mordaces. El poeta que no se atreve a ironizar la palabra es sospechoso. El humor es fundamental; en la poesía política, por ejemplo, es lo que permite ir más allá del puño cerrado y la demanda publicitaria para encontrar una veta filosófica.
—Hablando de política, ¿qué hay de político en la poesía?
—Todo. Pero no hablo de la poesía ideologizada, que suele ser mala poesía. Hablo de los que logran fusionar ambas orillas, como César Vallejo o Rimbaud, para crear la «tercera orilla del río», como decía Guimarães Rosa. Los ríos solo tienen dos orillas; el poeta crea la tercera a través de la metáfora, y esa metáfora es de índole política y social por naturaleza.
—En esta etapa de madurez, ¿qué pretensiones tiene con la publicación?
—No tengo pretensiones de orden editorial ni económico. Me interesa escribir para sentir que no me he traicionado; lo importante es no traicionarse. Mi primer libro, Memoria del agua (1973), lo publiqué por mi cuenta porque sentía la imperiosa necesidad de cerrar un capítulo inicial. Hoy sigo escribiendo, pero ya no me preocupa si es con el mejor postor o la editorial más grande.
—Usted también ha ejercido la crítica. ¿Cuál es la diferencia entre escribir un poema y hacer crítica?
—Tienen mucho parecido porque ambas deben atravesar la aduana del pensamiento y la estética. Lo difícil es ser uno mismo el aduanero de su obra. Me caen mal los críticos que no son críticos sino «crípticos», esos que se engolan y se alejan de la creación para parecer agudos. César Vallejo es el ejemplo de profundidad y libertad total; no hay dos Vallejos, mientras que hay cientos de Nerudas que escribían lo que el partido les dictaba.
—Finalmente, ¿se puede aprender a escribir en talleres?
—Se puede aprender a oír la poesía y a compartir la gran tradición. El peligro del taller es cuando el conductor impone su propia voz y todos terminan escribiendo el mismo poema mediocre. Un taller debe generar voces diversas, no «benedettismos» bofos. El crecimiento viene de la palabra del otro, no del dictado de un manual.


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