
El librero que sobrevive en una plaza de mercado
Antes que el sol, que se columpiaba sobre las montañas de la cordillera central, lo despertaron los pasos de los campesinos que llegaban cargados de hoja de plátano, quesos, papa, yuca, ollucos, frutas y carnes a la plaza de mercado. Eran las cuatro de la mañana y Antonio Cardona abrió los ojos en su improvisado refugio entre los libros que hacían de alcoba, de almohada, de compañía en medio del frío de la noche, de la madrugada, de la soledad.

Crónica de un cuerpo amarillo
Un lugar frío. De paredes blancas. Una heladez artificial envuelve a los habitantes; allí dentro todos están enfermos, caminan apoyados en la espalda del otro. Ancianos con las cuencas tragándose los ojos, con la piel reseca, pálida, amarillenta. Al sentarse, les crujen los huesos. Las enfermeras piden silencio y la señalización —ese fútil intento de advertencia— queda resonando en un eco que nunca logra su cometido.
