Luis7Lunes: El rap, como lo vivimos nosotros, es una experiencia religiosa

Escrito por: Santiago López Castro
Es jueves. Son las diez de la mañana. Atravieso el río Cauca, un cementerio líquido que ahora comparte su carácter mortal con la carretera Panamericana. Despojos de guerra hacen recorridos cíclicos por el aire. Un camión rostizado en la orilla de un carril. Al frente, motociclistas tomando fotografías, tal como lo hacen en los accidentes cuando hay muertos. Carretera vacía esta: sin transeúntes, sin militares, sin pasajeros. El miedo se adueñó de la libertad y los frentes pseudorevolucionarios han posicionado su terror narcoparamilitar. Las montañas del Cauca, tan verdes, expiran su vapor vital, que se funde con el olor de pólvora que explota para desintegrar a los habitantes.
Viajo a Cali; la carretera me señaliza el kilometraje restante. Escucho música, observo el pulcro azul del cielo y pienso en esta mierda de la violencia. ¿Cuántos años van de conflicto? Centenares. Hemos estado en paz o solo se ha dosificado la masacre en menor cantidad de víctimas. O solo nos hemos acostumbrado a la barbarie. Tanto así que los más de veinte asesinados el pasado 25 de abril han dejado de aparecer en la memoria; ya son una cifra que se registra, se olvida y toma la figura numérica de un país experto en cifrar la muerte.
En la sucursal del cielo también explotan bombas, también usan camiones y buses para combatir al fantasma de la justicia. En la televisión explican nuevos métodos para rastrear a los malditos mercenarios. En las calles se camina con el temor endógeno, consecuencia de nacer en un país que cura sus males a punta de bala y cilindro. No obstante, los semáforos están llenos de bailarines. La salsa sigue siendo la banda sonora de la ciudad y el clima caliente le arrebata oscuridad a esa atmósfera mortuoria que otros buscan implementar.
Llegué a Cali a entrevistar a un psiquiatra que hace rap. Un escritor que bien podría desaparecer en cualquier momento, pues tiene las características de un Bartleby moderno. Un «preferiría no hacerlo» que apunta a dejarlo todo tirado. Por suerte, en su andar hay mucha música que acompaña a los miles de oyentes que lo escuchamos para desafiar el pensamiento. Luis7Lunes, un nombre particular; nombre que dicto a todo conocido para compartir la complicidad de un rapero que le hace contraparte a lo fútil que se ha convertido la música mainstream.
Para escuchar a este psiquiatra que habla de la mente, tuve que atravesar la carretera de un país que se está desintegrando. El tiempo es reducido, explica Luis; me brinda un espacio en el diván trasero de la pequeña discoteca donde realizarán el concierto ese mismo día en la noche. Espacio-madriguera, cuyo nombre destaca por la metaforización que brinda. No cualquier sitio recibe a Luis o, mejor dicho, a los oyentes de Luis. En 2024, en la misma ciudad, varios de sus seguidores no pudieron ingresar a escucharlo porque, bajo la excusa de las apariencias y lo satanizado que tienen a la marihuana, los organizadores encontraron la solución sencilla: prohibir su paso.
Mientras Kid Sanchez, el DJ y productor del sello After Class, hace la prueba de sonido, Luis se separa de sus compañeros de grupo, Vic Deal y Maco Maat, para brindarme la entrevista, que estará mediada por el humo somnífero que rodea la sala, el sonido fuerte de los bajos y graves que intentan organizar y la botella de Vive 100 que acompaña a Luis, y le acompañará por las siguientes 72 horas, ya que se encuentra de tour: de Cali viaja a Pereira y después a Manizales.

Santiago López (SL): Vos tenés una profesión, la de médico psiquiatra, que consiste en escuchar al otro, escuchar su quiebre. Pero como rapero, exponés el tuyo. ¿Es el rap una extensión de esa terapia o es el lugar donde descansás de ese otro oficio?
Luis7Lunes (L7L): No, yo creo que, primero, el rap me llegó muchos años antes que la medicina e incluso que la psiquiatría. Siempre he sentido que el núcleo de mi vida y el porqué hago las cosas es el rap; ese ha sido el verdadero motor. La profesión de ser médico, y sobre todo psiquiatra, tiene mucho que ver con lo que decís: escuchar. Es encontrar en el otro las mismas cosas que lo hacen sentir a uno de determinada manera; solo que tienen otro nombre, otro apellido u otro contexto. Pero cuando vamos al fondo, termina siendo lo mismo: todos vivimos las cosas igual. El rap no es un elemento para «salirme» de la psiquiatría; el rap ha sido siempre mi vida y todo gira en torno a él.
SL: En la canción Profundo decís: «Mi vieja atea explica muchas cosas de mi vida». También hay otra barra donde soltás: «Si me muero, seguro que mi mamá hace misa». Tu último álbum se titula El Milagro. Hay una relación constante con lo místico a pesar de venir de una familia atea. ¿Cómo convive esa herencia con tu obra?
L7L: Es difícil. Mi mamá es atea a muerte, no cree en esas cosas ni atribuye lo que ocurre a ninguna mirada mística o mágica. Las cosas ocurren por razones lógicas. Yo soy una persona muy lógica en ese sentido, pero al mismo tiempo creo que la música y el arte son experiencias donde uno alcanza a sentir cosas que —no diré religiosas— son sensorialmente muy fuertes. Cuando uno se conecta con la música o la pintura, vive algo intangible que es lo que mucha gente ha llamado «Dios» o divinidad. El rap, como lo vivimos nosotros, es una experiencia religiosa.
SL: Hay varias menciones en tu música a los nadaístas y a Gonzalo Arango. Hay una específica que dice: «No leás a Gonzalo, se te explota el coco». Gonzalo decía que el nadaísmo era una «estrategia para no suicidarse». ¿Hasta qué punto el rap es eso para vos?
L7L: En el Manifiesto nadaísta hay un capítulo que es «Prohibido suicidarse». Es brutal, porque él dice que el problema del suicidio es que es una sola vía; la vida es un número infinito de posibilidades y, al hacerlo, renunciás a todas. Yo no concibo mi vida sin rap. Si me lo quitaran, creo que me acercaría mucho más al suicidio. Esa es la parte del rap que no depende de ser famoso o reconocido; es un vínculo personal estricto. Es un refugio, el sitio seguro de nosotros.
SL: Hablando de Gonzalo Arango, Eduardo Escobar decía que él «no llegó a su destino», pero que eso también fue un cumplimiento de su obra. Vos mantenés un perfil bajo, publicás cada tres o cuatro años… ¿Es esa tu forma de huirle al «destino comercial»?
L7L: El rap tiene la característica de que uno narra su vida, y esa narración termina siendo la vida de otro. Pero para hacer rap, creo que uno tiene que vivir la vida. Hay que entrar en situaciones buenas y malas para luego escribirlas. Si me quedo en el estudio todo el día, no me va a pasar nada. Me quedaría atrapado en un loop de tener que escribir, pero ¿qué voy a escribir? Terminaría haciendo discos que solo hablan de estar en un estudio, y no creo que el rap sea eso. Uno tiene que salir, hacer giras, organizarse y desorganizarse para poder contarlo. Por eso los discos tardan; dependen de las experiencias.
SL: Hablemos de literatura. Mencionás a Cortázar, a Elí Ramírez… ¿Cuál es el libro que más te ha «quemado la cabeza» últimamente?
L7L: Últimamente, ¿Por quién doblan las campanas? de Hemingway. Me voló la cabeza. Es una novela de la Guerra Civil Española; el protagonista es un dinamitero en una guerra que no es suya, pero tiene que tomar partido. Me hizo mucho eco.
SL: Hay un escritor que publicó un libro llamado Prosas apátridas (Julio Ramón Ribeyro), textos que no tenían un «lugar» o género definido. ¿Has pensado en publicar un libro con esos textos libres que no terminan convertidos en canciones?
L7L: Sí, de hecho escribo muchas cosas que no riman: textos libres, pensamientos e ideas. Muchas veces las termino convirtiendo en rimas, pero muchas otras se quedan ahí atrapadas. Se me ha pasado por la cabeza, pero te diría que el rap, por su estructura anclada a una batería, es un terreno mucho más familiar para mí que el verso libre y la hoja en blanco. Tendría que ser algo que me convenza mucho, pero la respuesta es sí: escribo muchas cosas que son apátridas también.
SL: Después de Ruidos en Hamelín, El armador del sol y Audio descriptivo, ¿hacia qué atmósfera se dirige Luis7Lunes?
L7L: Ahorita tenemos los medios para hacer exactamente la música que queremos y cómo la queremos. Es una bendición que a la gente le guste esa forma de hacerla. Es el mismo rap de siempre, pero intentando conectar con más profundidad esas emociones que todos tenemos. Estoy buscando colores de samples y baterías que nos permitan conectarnos entre todos.
SL: ¿Ves a Luis7Lunes como un proyecto con caducidad?
L7L: No sé cuánto tiempo voy a estar en el «juego» del rap en el sentido de girar, tocar o hacer entrevistas. Pero voy a hacer música hasta que me muera; eso lo tengo claro. Mientras respire y sea consciente, seguiré haciendo rap, aunque no sea con la ambición de publicar. Seguiremos haciendo rap hasta que desaparezcamos.
SL: Has trabajado con lo más selecto de Medellín: Zof Ziro, Granuja, Gambeta, Vic Deal. ¿Con quién te falta colaborar?
L7L: Estamos trabajando en varios proyectos nuevos con artistas de habla hispana y algunos de Estados Unidos con los que voy a terminar de «chulear» las casillas pendientes. Pero esas me las guardo para los discos. Viene algo con Midas Alonso y Oblivion’s Mighty Trash, y también un tema con Isla de Cali.
SL: ¿Te interesaría colaborar con cineastas o escritores? Como hace Gambeta con Gilmer Mesa, por ejemplo.
L7L: La música es productora de atmósferas. El cine y los buenos directores son especialistas en escoger bandas sonoras espectaculares. Siempre hemos estado abiertos a otras expresiones; nuestras portadas no las hace necesariamente un diseñador, sino un artista que trabaja óleo o acuarela. Los videos de Audio descriptivo los hizo Liberman Arango, que es director de cine. El día que toquen la puerta para el cine, nuestra música estará ahí.
SL: Hay una barra tuya que dice que ustedes sobrevivirán al tiempo porque tienen los vinilos en un «búnker antibombas». ¿Cómo te gustaría que se recordara este trabajo en 200 años?
L7L: Lo que hemos intentado es hacerlo lo mejor posible. El tipo que abra esa caja de vinilos en 200 años va a encontrar música independiente del tiempo; el tiempo no la afecta ni la modifica. Hemos hecho esto con todo lo que tenemos y por eso está en vinilo: porque la gente ha querido tener algo permanente.
A Luis lo requieren en la prueba de sonido. Se acerca a la tarima, no sin antes preguntar si tengo boleta e invitarme en la noche. Le digo que no recorrí la carretera más peligrosa del suroccidente colombiano para no asistir al «ritual» (así es como llaman a sus conciertos).
A las doce de la noche se presentan Vic, Maco y Luis. Más de un centenar de jóvenes se han congregado en la madriguera, con los brazos levantados y las gargantas a tope. En específico con la canción Arde Roma y su coro tan emblemático: «Arde Roma, Nerón. Arde Roma. Hay fuego en el paraíso».
Coro que permaneció como un bucle en mi mente mientras el paraíso que recorro de vuelta a casa se siente como esa Roma que ardió a manos de Nerón.


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