GTM-W7XS56KW Radiografía del fracaso: Una charla con Ubeimar - Literatura y periodismo narrativo

Radiografía del fracaso: Una charla con Ubeimar Ríos

Por: Santiago López 

La sala de cine contaba con muy pocos espectadores, aun cuando la película Un poeta estaba causando euforia y unos cuantos clips del personaje Oscar Restrepo se viralizaban de una manera casi absurda. La competencia de García Márquez y Asunción Silva. La representación del billete de cinco mil pesos contra el de cincuenta mil. El profesor que llega borracho a dar clase; la frustración del viejo que vive con su mamá y es mantenido mientras escribe su gran «obra» que nunca llega. El pasado lejano, lleno de gloria, que sirve de espejo; un espejo oscuro para que el artista divise lo que pudo llegar a ser.

Las luces del cine se encendieron mientras la pantalla hacía su acostumbrado scrolling de créditos. De fondo sonaba Corazón de poeta, de la española Jeanette. Un momento de estatismo en estas butacas. Cine colombiano consiguiendo la convergencia arte-comercio. El audiovisual tomándose un respiro del tema común del séptimo arte en este país: la violencia. «Hay otras formas de narrar, y ese miserable director ha encontrado el punto», pensé desde mi envidioso terreno. ¿De dónde carajos sacó a este protagonista? ¿Qué hace que la película conecte tanto? Preguntas que nacen del entramado de anécdotas que nos contamos con amigos y conocidos. Del boom mediático en redes sociales. De la epidemia de pesimismo que abraza a gran parte de jóvenes y adultos en un mundo que va de prisa, en una competencia materialista difícil de explicar, pero que agota, cansa y lleva a una desaparición del ser irreversible.

Pensándolo durante un tiempo, eso es lo que conecta: la absurda representación del fracaso. Estamos acostumbrados a vanagloriarnos en pantalla, a la cíclica historia con happy end que nos vendieron los gringos. O a los melodramas interpretados por bellezas simétricas, en donde el típico rico cae en la pobreza, o viceversa; la señora del aseo se embaraza de su jefe y empiezan a hilarse historias como una matrioshka rusa que no lleva a ninguna parte más que a la vulgarización del relato.

Esta película termina en nada, como la vida misma. Si se esperaba el renacimiento del poeta, la alabanza a su obra o el crecimiento espiritual del personaje alcanzando el virtuosismo de un héroe, se cae en un profundo error. Ubeimar Ríos consigue hacer de Oscar Restrepo un personaje genuino. No se siente la exageración en su performance, y quizá se deba a su nula relación con el universo del cine. No siempre se logra este suceso. Víctor Gaviria fue pionero en Colombia, inspirado en el cine neorrealista, pero hay momentos en que se pierde esa puesta en escena y los largometrajes del paisa carecen de fuerza, precisamente por la poca capacidad que tienen los que se paran frente al lente.

Hay una estrecha relación entre Ubeimar y Oscar: comparten su gusto por la poesía y su profesión docente. Una labor que el actor tuvo que dejar de lado momentáneamente para asistir a compromisos, teatros, conversatorios, charlas e invitaciones literarias. Tal es el caso de su reciente visita a Popayán.

Llegó la noche del 22 de abril con esa sonrisa contagiosa que te toma desprevenido. El acento paisa inconfundible. Y unas ganas recalcitrantes por conocer la ciudad blanca, beber unas cuantas cervezas y dejar que la noche exista en su cotidianidad. Ante la primera pola, ya estaba declamando un poema de Darío Lemos, aprendido de memoria en sus noches bohemias de rock y poesía.

Boris, amarillo mío, 

caballito para montar huyendo de los calabozos, 

ven porque han tomado mi alma los jueces para cubrirse del sol 

y el verano en esta cárcel rasca las vísceras.

Cerveza en mano, lo miro con una sonrisa que esconde el pragmatismo de la duda naciente, mientras intento desligar la imagen de Oscar Restrepo. Pienso que este hombre que está frente a mí es el mismo poeta que miles han visto en salas de cine. Que son uno mismo. Que por eso salió tan bien. Tantas cosas pasaban por la máquina de preguntas que tuve que hacer una lista y citarlo al día siguiente. Es una persona que deberá desligarse de esa sombra, y no pude evitar averiguar cómo lo hace, si es que lo está haciendo:

23 de abril en algún lugar de Popayán. Entrevista a Ubeimar Ríos.

— Santiago López: Hablemos de esa “transfiguración” del ser. Para alguien que nunca se había parado frente a una cámara, ¿en qué momento sentiste que Oscar dejó de ser simplemente un montón de letras en un guion para empezar a caminar en tus propios zapatos?

— Ubeimar Ríos: En el momento mismo en que me entregaron el guion definitivo, veinticinco días antes del rodaje. Porque es justamente eso: tratar de convertirnos en uno solo. Y eso fue lo que pasó a partir del momento en que Simón nos dice: «Este es el guion definitivo y no le cambien más». A partir de ahí ya uno tiene la posibilidad de leer toda la historia, de leer todo el libro y tratar de ser él, de andar —como usted bien lo propone— ambos en nuestros propios zapatos. Ya posteriormente, cuando empieza el rodaje, con mayor razón, porque ahí ya entraba la responsabilidad, la cámara… pero sí, fue en el momento en que recibí el guion definitivo.

— S.L.: Una vez que el rodaje se apaga y las luces se desmontan, ¿qué gestos o posturas de Oscar sientes que se quedaron a vivir en tu propio cuerpo?

— U.R.: No, yo creo que quedan… es decir, yo he sido encorvadito, maletoncito, pero no tanto. Yo creo que se quedó un poquito ahí eso de la maleta en mi cuerpo, aunque trato pues como de enderezarme también. Pero bueno, por un lado eso de Oscar quedó. En la manera, por ejemplo, de poetizar, somos muy parecidos Oscar y yo. Pero sí queda también como esa… no sé, Oscar es un poco más sensible y más lloroncito últimamente, y Ubeimar como que se está poniendo así también. Ha quedado eso: me estoy sensibilizando mucho en cosas de la cotidianidad, por ejemplo. Sí, más o menos como por esos lados.

— S.L.: Sientes entonces que Oscar te permeó la vida de una forma casi inevitable…

— U.R.: Sí, porque el hombrecito, hermano, a pesar de su irresponsabilidad y de que en momentos no quería hacer nada, pues tenía una nobleza muy bacana que de alguna manera también me abraza a mí en este momento.

— S.L.: ¿Hubo algún momento durante o después de la grabación que te asustara por el parecido entre tus propias vivencias y el destino trágico o errante del poeta que estabas interpretando?

— U.R.: Sí, de alguna manera sí, hermano. Porque realmente a Ubeimar como que le está dando mucho miedo escribir; yo ya no escribo, y algo así es Oscar. O sea, Oscar tuvo un mediano éxito en su juventud al publicar dos libros, pero después dudaba de lo que escribía. Ubeimar también. Ahora, por ejemplo, los amigos me dicen que aproveche este momento, este cuarto de hora, para que publique, y como yo mismo digo, y es verdad, es que no tengo material para un libro. Y hablando ahora con Juan Manuel Roca, se hablaba de equis persona y él lo tildaba de que no, no, «ese es malo con toda la fuerza, es un poeta malo con todas las fuerzas». Entonces yo también… por eso no le hago tanta fuerza como a eso de la publicación en algunos casos. Y me parezco mucho al personaje y sigo en eso; por ejemplo, cuando me emborracho, de alguna manera al otro día los guayabos pienso en Oscar también.

— S.L.: ¿Sientes entonces que tu figura como lector de poesía o profesor se ha visto relegada o ensombrecida por este nuevo rol de actor?

— U.R.: No, porque es que yo no he sido escritor. Entonces, al no serlo, no. De pronto la figura del lector, porque yo he sido más que todo invitado a recitales como lector. La figura de profesor de pronto sí se ha visto relegada ante el rollo de la actuación; de pronto sí, un poco.

— S.L.: Hace poco hablábamos con Juan Manuel Roca y nos decía, con su habitual radicalismo, que él ya no miraba cine, que eso ya no era el séptimo arte sino puro comercio. Sin embargo, el cine a veces es más democrático y fractura barreras que la literatura no puede. ¿Qué piensas de ese choque entre el purismo y la pantalla?

— U.R.: Sí, de todas maneras hay un facilismo más en ir a ver una película que en leer un libro. Entonces el cine puede acercar a la gente a distintas historias, de pronto de una manera más general que la misma literatura. Pero a mí me pasa algo muy parecido también a lo de Roca: yo pues… yo sí veo películas de vez en cuando, pero yo no sé de cine ni voy mucho. También considero que hay una cuestión muy comercial en el mismo. Entonces es como una cosa rara que me está pasando en este momento: que sin ser personaje del cine, en el caso mío, de alguna manera me esté brindando nuevas posibilidades en la vida.

— S.L.: ¿Y cómo se regresa a ser Ubeimar después de haber cargado con tanto Oscar Restrepo encima?

— U.R.: Sí, hay unas cositas ahí de Oscar, pero soy Ubeimar, no es… es que es simplemente vivir como siempre se ha vivido. Entonces, por ejemplo, después del reconocimiento y tal, yo sigo yendo a los mismos sitios, a las mismas tabernas, con los mismos amigos, al mismo sitio donde están los compañeros que escuchan tango, a los conciertos… A mí me gusta mucho ir a conciertos de música rock. Yo sigo siendo el mismo y siempre lo he sido. Entonces es viviendo, aceptando eso sí, digamos, lo que Oscar ha traído a mi vida, que tiene que ver pues con un poco más de reconocimiento —o mucho reconocimiento— por parte de la gente, y simplemente reconociendo que eso se acaba más temprano que tarde, y que Ubeimar siempre estará ahí.

— S.L.: ¿Cambió en algo tu forma de leer o de sentir la poesía después de encarnar a este personaje?

— U.R.: No, hermano, yo creo que no ha cambiado. Yo soy muy apasionado con lo de la poesía. En Un Poeta, de pronto por petición del director, era más gritado y todo eso, pero ya lo que ha sido para mi vida, no; yo sigo leyendo de la misma manera.

— S.L.: Tú no vienes de ninguna escuela de teatro ni de una preparación académica tradicional en actuación. ¿De qué forma piensas que esa “falta de técnica” o esa pureza te favoreció para el papel?

— U.R.: Puede ser, puede ser… porque claro, al ser uno nuevo en esto, la cosa va a salir más natural. Se supone que es como esa contradicción: que lo bueno en el cine es que en el actor que está representando un personaje no se note que esté actuando. Entonces, en ese sentido, el hecho de no haber sido actor de pronto me favoreció para poder proyectar de una manera más visceral el personaje.

— S.L.: Quedó demostrado que tienes una fuerza interpretativa inmensa, pero este personaje de alguna manera orbitaba cerca de tu mundo: tú dirigías un festival de poesía. Si mañana te proponen una película radicalmente distinta, lejos de las palabras y los versos, ¿aceptarías el reto?

— U.R.: Puede ser, hermano. De hecho, en este momento estoy pensando en presentar un casting, ya que un director me está, digamos, buscando desde hace cinco o seis meses. Hace un mes más o menos le contesté, le pedí disculpas, etcétera. Entonces me comentó la historia, me mandó la sinopsis de la película y del personaje y tal, y mi mente se enganchó con el rollo. Ahí no es un poeta; el personaje no sería un poeta, pero sí tendría mucha posibilidad de filosofar y de pontificar. Entonces es muy bacano, muy bacano. Ahí no sería un poeta-poeta, pero sí tiene que ver con el pensamiento y con la palabra. Entonces también como que uno se acomodaría más fácil que a otro tipo de personaje. Por ejemplo, no sé cómo haría —porque como no soy actor, ellos sí están estudiados para eso— para representar papeles de malo, de, por decir algo, asesino en serie, papeles eróticos o de escenas eróticas… no sé si seré capaz de hacer ese tipo de cosas, pues. Pero bueno, por lo menos esta que me llegó en este momento la haría, y mi pensamiento es que voy a presentar el casting en la última semana del mes de junio. Ya casi.

— S.L.: Si tuvieras que elegir una sola escena de la película que te represente como el hombre que eres hoy, ¿cuál sería?

— U.R.: Ay, hermano, esa pregunta está tesa. Eso es lo que uno dice siempre cuando no sabe qué contestar… No, de pronto ese cariño con la madre, hermano. Sino que es que yo no vivo con mi mamá, pero cuando yo voy donde ella, yo pues podría compararlo con esas escenas de esos diálogos entre Oscar y Teresita. Yo dialogo con mi mamá; mi mamá en este momento está enfermita, empezó a tener un poco de problemas con el Alzheimer y tal. Entonces esa como esa cosa con la madre. Y lo de dar clase… a mí de todas maneras siempre me ha gustado dar clases. Lo que pasa es que Oscar ahí estaba borracho y yo ¿cómo pues eso?… no, no, pues borracho tampoco, pero sí se había tomado los tragos, no hago eso. Pero me representa también el hecho de ser docente y esa fuerza en clase, porque ahí se le notaba a Oscar que tenía como fuerza; digamos que ahí está un poquito exagerado Ubeimar, pero ahí de alguna manera también está.

— S.L.: Es un juego de despojos. ¿Qué piensas que le quitó Ubeimar a Oscar y qué le arrebató Oscar a Ubeimar?

— U.R.: No, eso es muy duro… Ubeimar a Oscar… Yo creo que la cuestión de los… es decir, Ubeimar tenía un pensamiento, pero después de conocer a Oscar, hermano, ahí sí se dio cuenta de que no, qué va de egos ni qué cosas. Pues nosotros no, como dicen por ahí los punkeros, no somos nada, ¿cierto? Y Oscar a Ubeimar… no le quitó toda, toda la pasión, pues no digamos que le quitó, sino que de alguna manera se untó de la pasión poética que Ubeimar ha tenido durante toda la vida leyendo poesía a los estudiantes y todo eso. Y yo me unté de más nobleza y de menos ego.

— S.L.: El otro día, cuando estábamos allá en Garden y empezaste a recitar, yo me quedé frío y pensé: «Estoy viendo a Oscar, estoy metido en la película». Como yo no te conocía de antes, el personaje me pareció omnipresente. ¿Eres consciente de que Oscar sigue ahí flotando cuando hablas?

— U.R.: Claro, es eso, es eso. Porque los que me conocían de antes, cuando ven a Oscar dicen: «No, este huevón es Ubeimar». Entonces es muy simpática esa cosa ahí.

— S.L.: ¿Cómo fue esa relación con el director, con Simón Mesa?

—U.R.: No, muy de mucho respeto y de mucha obediencia por mi parte. El hombre es muy respetuoso, pero es muy exigente. Entonces hubo una relación de director-actor: lo que dijera el director y tal. Pero fue muy bello porque, de la misma manera que era exigente, la relación que tuvimos cuando uno hacía bien las cosas… parce, la felicitación de él hacia uno era para uno seguir haciendo bien las cosas. Es decir, es que una cosa es que le digan a uno: «Bien, hermano, muy bien, muy bien», y otra cosa es que le digan a uno: «¡Bien, bien, bien!», pero así con toda la energía. Entonces fue eso.

Y lo otro interesante de la relación es que al principio, cuando uno está pensativo porque eso es una carga… es decir, son sesenta personas al lado de uno en la producción, pendientes hasta el más mínimo detalle; el saberse el guion, que uno se lo tiene que saber de memoria al ser una sola cámara, entonces hay mucha presión y uno está ahí como que «ay, juepucha, en qué me metí»… Entonces llega Simón y me dice: «Oye, es que a usted no le tiene que preocupar por hacer muy, muy, muy bien las cosas, sino que usted debe estar tranquilo y dispuesto». Y con esas palabras, nuestra relación a partir de ahí fue todo, porque yo era tranquilo y dispuesto. Es decir, tensionadito bacano, pero tranquilo, porque nadie puede dar más de lo que tiene con la seguridad de saberse el guion y también diciendo pues hagamos lo que diga Simón. Además porque Simón, no en todo momento pero en muchas escenas, él le ejemplificaba a uno cómo era que tenía que actuar: «No, no, no, hazlo así, no lo hagas así, huevón. Usted orina así. No, no, no, orine así». Entonces sí, de mucho respeto y de mucha obediencia.

— S.L.: Apenas salió la película, no faltó el crítico purista que empezó a tildarla de cine comercial, diciendo que no valía la pena; incluso algunos poetas saltaron con el mismo discurso. Sin embargo, la magia de Un Poeta es que logra congregar tanto al circuito artístico más denso como a la gente de a pie que jamás consume cine. ¿Qué piensas de esos ataques?

— U.R.: No, yo creo que cada quien está en su derecho de opinar. Creo que los que piensan así son minoría de todas maneras. Pero a mí me gusta porque Simón siempre fue muy claro: Simón lo que quería con la película era conectar al público con la película y no perder su, digamos, su lugar de autor de cine, de cine arte. Entonces creo que él lo logra, independiente de lo que otras personas consideren. A mí me parece que… pues yo no sé mucho de cine, pero el hecho de la manera como se grabó, dieciséis milímetros, esas escenas con una familia… yo creo que hay mucho arte. Pero es la magia que usted dice, yo creo que es porque el que ve la película se va a ir a contarle a otros: «Vaya, hermano», porque se identifica con alguien, con algo de lo que ve ahí, con cualquiera de los personajes, no solamente con Oscar. Entonces, cuando uno se ve ahí, le dice al otro, y a uno le gusta de alguna manera que una película esté dando una radiografía de lo que quizá uno es o ha vivido.

— S.L.: Justo hoy me saltaba en redes el video donde recomiendas El Fracasador de David Betancourt. Y me causaba mucha gracia porque también me salen constantemente esos memes de la película donde la mamá le dice al hijo: «¿Usted es comunicador? No, usted es un desempleado. ¿Usted es un filósofo? No, usted es un desempleado». Ayer hablábamos de eso y hoy me aparece tu recomendación. Qué coincidencia tan extraña.

— U.R.: ¡Ah, increíble, huevón! Increíble. Claro, es que me llamaron de España porque ya más de diez mil personas han visto la película en España. Entonces, que por el Día del Idioma recomendara tres libros, y ahí está David Betancourt. Increíble.

— S.L.: Para cerrar, descríbeme el barro del rodaje. ¿Cómo se sobrevive a esas jornadas devoradoras?

— U.R.: Bueno, muy desgastante. Doce horas diarias de domingo a viernes; descansábamos los sábados. Y yo convertía las doce horas en catorce o quince horas, porque yo llegaba después del rodaje al lugar donde me hospedaron —me conseguí un amigo en el barrio Laureles, en Medellín— y con él, en medio de cervecitas, ensayábamos las escenas del próximo día. Entonces él me servía de interlocutor, tomábamos ahí todo bacano y claro, al otro día yo llegaba muy fuerte porque ya lo había repasado. Yo eso más o menos me lo sabía, pero eso hay que estudiarlo.

Y lo otro, hermano, es la presión del rodaje: doce horas. Ahí lo bueno es que hay mucha comida. Entonces yo no soy tan comelón, pero por protocolo eso… yo no sé, esos muchachos comen mucho, los de la parte técnica y tal. Entonces bueno, siempre se descansaba, pero doce horas y la presión de todo se vive. Pero lo que pasa es que estar viendo dirigir a Simón es muy divertido, entonces uno se lo disfrutaba porque como él actuaba, él ejemplificaba pendiente de una cosa… Entonces ahí se fue yendo el rodaje entre la presión, la risa, los llantos y la diversión.

— S.L.: Perfecto, Ubeimar. Eso sería todo.

— U.R.: Ah, listo, hermano. Gracias, gracias a ustedes. Bueno, muchas gracias y los llevo en la mala.


Comments

2 respuestas a «Radiografía del fracaso: Una charla con Ubeimar»

  1. Avatar de Valerie Paez
    Valerie Paez

    Increíble, de verdad. Felicitaciones a ti Santiago por esta entrevista tan interesante y cautivadora y felicitaciones por otra parte a ubeimar por tan magnífico papel, se lee que es una persona muy bacana y que vive en un relajo jakjakaj. Una oda a la palabra verdaderamente.

  2. Avatar de Cristina

    Ubeimar logró que la película tuviera vida.

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